Lo que probablemente para la mayoría de viajeros supone una contrariedad o molestia, resultó para mí un gran placer: tener que esperar 7 horas en el aeropuerto de Santiago. Más aún gracias a la compañía de Guy, un galés cuyo vuelo de conexión salía aproximadamente a la misma hora que el mío. Con decirles que mi compañero provisional simplemente salió de frente del terminal rumbo a la vasta tierra de nadie que se abría en las afueras del aeropuerto y caminó y caminó, sin parar y sin mirar atrás, trepando vallas y saltando zanjas y burlándose de toda medida de seguridad…
No perdí tiempo en evaluar si la ‘concha’ del hombre obedecía a su valentía o a su insensatez – y fui tras él con creciente emoción, pues me hallé (o perdí) súbitamente en un terreno infinito e indefinible, que no dudo en llamar el no lugar por excelencia… El resto que lo cuenten las imágenes…
P.S. Cabe decir que no fuimos ni una sola vez interceptados o detenidos, ni por policías (que parecían no existir), ni por algún improbable transeúnte. Cosa sorprendente, cuando se está acostumbrado a la paranoia exasperante que reina en Lima, donde nos hubieran, sin duda, detenido mil veces…
Enlaces:
Los no lugares – Espacios del anonimato, de Marc Augé, quien acuñó el término de ‘no lugar’, en los que incluye a los aeropuertos, autopistas, etc.
Llorenç Rosanes, amigo entrañable e inspiración creciente





































































































