De vuelta a la capital peruana y a un cambio radical de clima y paisaje. Se acabaron los días en que la coneja saltaba despreocupada (y de paso se llenaba la panza) en las verdes praderas a través de la Confederación Helvética. Ahora trota nuevamente un tanto enmohecida y en actitud de permanente vigilancia por el sucio asfalto de la sucia ciudad junto al mar. Y del mar viene la neblina que cubre la urbe con su manto gris. Tan gris tan gris. Gris es todo. Gris mi alma y el de mis congéneres. Aunque nadie repare en ello. La grisura es como tu piel y es normal que quieras enrollarte como un gato en el sofá, presa de la melancolía. Esa que dice que todo da igual y que no hay nada que se pueda hacer…













“Doesn’t a life leave traces, traces that can attach themselves to others who pass through the aura of that life? Doesn’t a place absorb the events it witnesses …?” Dionne Brand, What We All Long For
“¿Acaso la vida no deja huellas, huellas que se pueden adherir a otros que pasan a través del aura de esa vida? ¿Acaso un lugar no absorbe los eventos de los que es testigo?” Dionne Brand, Lo que todos ansiamos
(La primera parte de esta fenomenología fue publicada hace dos años en un blog pasado en una vida pasada.)