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El cambio climático se ha convertido en el tema número 1 en nuestros días en los que reinan el caos y la incertidumbre. No habrá ser humano que no pueda dar cuenta de ello. Pero nadie lo afronta y vive tan directamente como la “gente del campo” – los agricultores. Y más aún en las zonas áridas, como es el caso de los valles que cruzan la Pampa de Nasca (a 450 Km al sur de Lima), uno de los desiertos más secos del mundo, donde prácticamente no llueve nunca y la única agua disponible viene de pozos de entre 60 y 70 y más metros de profundidad, y de los ríos y huaycos que fluyen sólo una vez al año por unos días o semanas – dependiendo de las lluvias en los Andes donde nacen. Y a veces no fluyen por un año o varios años seguidos. Entonces no hay cosechas y no hay trabajo y no hay pastos para el ganado y no hay comida para la gente, la cual se ve forzada a buscar alternativas para sobrevivir. En Nasca, las alternativas parecieran reducirse a tres tristes tigres: hacer carbón, huaquear o ir a trabajar a las minas.

Como el precio del cobre está subiendo nuevamente, las plantas mineras informales se están proliferando en las partes altas de todos los valles, contaminando con sus relaves ríos y campos. Hacer carbón y huaquear son actividades llevadas a cabo desde la antigüedad, y es de sorprender que aún sobren árboles por talar y tumbas por saquear. Para hacer carbón nada más apropiado que la ultra dura madera del huarango (ver aquí y aquí), el milagroso árbol del desierto, del cual alguna vez hubo extensísimos bosques a lo largo de la costa sur. Hoy en día solo quedan relictos aislados y expuestos a plagas y desecación. El 99 % ha sido talado para la construcción y para ganar tierra agrícola, así como para la destilación del preciado pisco y – ante todo – para hacer carbón, el cual es masivamente consumido por los absurdos y popularisísimos restaurantes de pollo a la brasa en Ica y Lima. A ojos vistas avanza la desertificación. Las sequías se repiten con frecuencia cada vez más vertiginosa, a la medida que aún la poca gente que se sustentaba de sus bosquecillos de huarangos se ve forzada de venderlos a los carboneros. Y si, después de todo, viene el agua, viene con tanta cantidad y violencia que se desborda y arrasa todo lo que encuentra en el camino.

Es sabido que las plantas, entre sus incontables beneficios, regulan el clima. Donde hay árboles, hay humedad, hay insectos, hay aves, hay vida. Los árboles producen oxígeno y protegen del sol y del viento. Los árboles fijan y nutren la tierra. Se podría decir, donde hay árboles reina el erotismo. Hay que haber caminado por el desierto bajo el sol abrasante para saber lo que es sentarse a la fresca sombra de un huarango. Esto lo saben algunos (todavía), lo saben tan íntimamente que ni el hambre ni la desesperación son excusas para la infrenable y ciega codicia que parece haberse apoderado de la mayoría de los seres humanos, entregados a la guerra por explotar los últimos recursos del planeta.

Los testimonios a continuación son una selección y un resumen de las entrevistas que hicimos durante 3 días en Nasca – en Pajonal Bajo, en Trancas y Porona, por encargo de Kew – Royal Botanic Gardens en Londres y con el apoyo generoso de Olivia Watkin. Las entrevistas estuvieron a cargo de Consuelo Borda, jefa regional del proyecto de reforestación y restauración de hábitat Darwin Ica y las fotos van por cuenta de la coneja.

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Rosmery Oré Arangoitia (Trancas – Nasca)
25 años
Natural de Trancas – Nasca
Criadora de cabras

“Anteriormente había más bosque, pero la gente hizo carbón. Todo era monte. No hacía mucho frío, ahora sí y hace mucho aire. Los árboles que he sembrado protegen mi casa de esteras. Mi esposo se sombrea un ratito en los tiempos de mucho calor.
Al ganado le hace mucho daño el sancocho (relave de las minas de cobre). ¡Si no hubiera plantas, cuánta contaminación hubiera!”

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Amelia Evangelina Aparicio de Alfaro (Trancas – Nasca)
51 años
Natural de Nasca
Agricultora

“Antes arrendaba más terrenos para sembrar, aparte de mi chacra. No pude pagar mi préstamo con el banco y tuve un fracaso. Caí en depresión y me fui a Lima, donde el doctor me recomendó volver al campo donde estuviera tranquila. Vine de vuelta a mi chacra, construí mi chocita, sembré más huarangos. De su fruto lo hice hervir y saqué la algarrobina y lo utilicé para comer. Los árboles me dan alegría, me siento bien y vivo feliz. Me da pena matar un árbol, es como una persona.”

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Rogelio Cruz Tello (Trancas – Nasca)
53 años
Natural de Apurimac
Pastor de ganado y arrendatario de chacras

“Antes fui inquilino en la Cooperativa de Trancas. Después del terremoto me dieron un terreno en la ladera del cerro. Una ONG me regaló 20 plantas de algarrobo del norte que sembré alrededor de mi chocita, pero a falta de agua sólo 2 sobrevivieron.
Hace 10 años había mucha agua y muy buenas cosechas. Ahora el agua en los pozos está disminuyendo y cuando no hay lluvia no hay vida y no hay trabajo por aquí. Mucha gente se va a trabajar a las minas o a la huaquería. Con la minería se contaminan las plantas que sembramos, ya no crecen como antes y hay que gastar duro para sembrar. Antes había una mina, ahora hay bastantes. El aumento del viento trae la contaminación.
Los agricultores estamos olvidados, no hay quien nos protege. También los chivos se comen las plantas del río. Cuando no había chivos, todo el río estaba verde y bonito.
Yo soy independiente y así vivo. Cuando me piden ayuda, yo apoyo a los socios de la cooperativa.”

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Alejandro Jirón Peralta (Porona, Nasca)
42 años
Natural de Porona
Presidente de la Comunidad y Encargado de la limpieza de tuberías de agua

“Hasta 1986 se hacía un buen mantenimiento del río. Desde que entró la parcelación empieza a haber problemas. Antes todo era huertas. Se dijo que las huertas eran para el futuro de la comunidad. Pero no llenaban la piscina para el regadío de los frutales y se secaron. El agua es escasa, el pozo trabaja de 8 a 10 horas y se seca. Antes trabajaba las 24 horas del día y no paraba. De aquí a unos 5 o 10 años ya no tendremos agua, hay que buscar otro venero y empezar a trabajar para tener agua para beber en el futuro.
Se va a sembrar una hectárea de huarangos para mejorar la oxigenación para la gente y mejorar la vida y también para hacer trabajo con abejas.”

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Pablo Barrientos (Pajonal Bajo – Nasca)
68 años
Natural de Cabildo – Nasca
Mecánico, bodeguero, agricultor

“Se llamaba Pajonal porque antes todo este valle era verde y porque aquí había venas de agua y hacían los pozos donde corrían los huaycos. En el año 75 vino agua 10 días seguidos, día y noche. Con tractores hicimos bordos. Desde entonces ya no viene agua como antes. El río amanece con agua y al medio día ya está seco. A veces cada siete años. Aunque el año pasado vino mucha agua, pero ha causado muchos destrozos. Siempre he sembrado de todo, papa, tomate, algodón, pallar. Pero los parceleros vecinos vendieron sus terrenos alrededor y me dejaron solo. Ahora solo siembro cuando viene agua o me venden agua, y ayudo a mi hija en su sembrío de tunas que no consume mucha agua. Hemos comprado un pozo a la ex cooperativa para regar nuestras tunas. Además, siempre trabajé como mecánico y me ayudé con una bodega.”

porque sí, porque no puedo dejarlo, porque soy una irremediable fotómana, impulsada por no sé qué genio a recorrer calles, veredas, pistas, ciudades, pueblos, valles, descampados con la cámara en ristre, presta a la captura ilusoria de lo volátil y sinsentido, a sabiendas de que de todas maneras he de fracasar…

p.s. fracasar o tener éxito, da lo mismo…