









En su ensayo sobre Duchamp Apariencia Desnunda, Octavio Paz describe la experiencia que ofrece el Museo de Filadelfia (que reune casi toda la obra de Duchamp) del Ensamblaje:
“El visitante cruza una puertecilla y penetra en una habitación más bien pequeña, absolutamente vacía. Ningún cuadro en las paredes blancas. No hay ventanas. En el muro del fondo, empotrada en un portal de ladrillo rematado por un arco, hay una vieja puerta de madera carcomida, remendada y cerrada por un tosco travesaño de madera claveteado por gruesos clavos. En el extremo izquierdo superior hay un ventanuco que también ha sido clausurado. La puerta opone al visitante su materialidad de puerta con una suerte de aplomo: no hay paso (….) Pero si el visitante se acerca, descubre dos agujeritos a la altura de los ojos. Si se acerca aún más y se atreve a fisgar – verá (…) un gran espacio luminoso y como hechizado. (…) Muy cerca del espectador, pero también muy lejos, en el “otro lado” – una muchacha desnuda, tendida sobre una suerte de lecho o pira de ramas y hojas, el rostro casi enteramente cubierto por la masa rubia de pelo, las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, el pubis extrañamente limpio de vello (…) al fondo colinas boscosas, verdes y rojzas, abajo, un pequeño lago y sobre el lago una tenue neblina Un cielo inevitablemente azul. Dos o tres nubecillas inevitablemente blancas. En el extremo derecho, entre rocas una cascada. Qietud: un pedazo de tiempo detenido. (…)
El espectador se retira de la puerta con ese sentimiento, hecho de alegría y culpabilidad del que ha descubierto un secreto.”
Paz concluye que el “simple acto de mirar se convierte en un ver a-través de… nos miramos mirar… La pregunta, ¿qué es lo que vemos?, nos enfrenta con nosotros mismos”.
Esta parte del ensayo se me ha quedado grabado en la memoria pues me resultó muy revelador. La urgencia de fisgar y curiosear me es inherente y se renueva cada vez que paso al lado de las paredes de triplay, mallas y cartones malamente ensamblados y erigidos alrededor de terrenos baldíos o en construcción – tan comunes hoy en día en la ciudad. Esto de erigir muros y cercar y clausurar y poner trancas y barrancas por doquier se ha convertido en una verdadera histeria colectiva, y es lo primero que se hace, a penas un terreno tiene un (nuevo) propietario. Pero aunque algunas empresas de construcción se ocupan celosamente de tapar todos los huecos y ranuras, la mayoría de estos cercados ofrecen suficientes fisuras para mirar a-través de… Por algo estamos en Lima… Y por algo no puedo resistir jamás de buscar un resquicio, por más mínimo que sea, y fisgonear – siempre con esta pequeña excitación al deslizar el lente de la cámara por la abertura, quizás a la espera de que la foto me revelara un paisaje totalmente nuevo y sorprendente… y si no una mujer desnuda, que la maleza y el monte hayan reconquistado los pedazos de tierra yerma… cosa difícil pero no imposible en esta ciudad desértica… Sólo en algo se compara con La cascada de Duchamp: lo primero que uno ve, en general, al mirar por una de estas fisuras es un gran espacio luminoso. Los terrenos baldíos o por construir son grandes espacios luminosos dentro de la ciudad cada vez más aplastante.