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Archivos en la Categoría: suiza

Que Suiza tiene su lado muy exótico ya lo mostraron el fotógrafo Andri Pol y el etnólogo David Signer con su magnífico libro Grüezi – seltsames aus dem Heidiland . Lo he podido comprobar en mis recorridos. Pero donde quedó más claro que el agua de un riachuelo alpino fue en el tour ultra turístico que hicimos los cuatro hermanos al Jungfraujoch. Embutidos juntos a 4996 chinos, japoneses e indúes (que son ya prácticamente los únicos que pueden permitirse vacacionar en Suiza) nos trepamos a la Jungfraubahn, el trencito que lleva a la cima desde la Kleine Scheidegg y que corre por dentro de la impresionante Eiger Nordwand y es de por sí una de las maravillas ingenieriles del mundo. En su recorrido se detiene un par de veces para que los turistas puedan tomar fotos del alba panorama que se muestra a través de enormes huecos en la pared rocosa (que eran los huecos por donde echaba el desmonte durante la construcción de la línea férrea).

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Al llegar a la estación, los turistas son canalizados a través de un laberinto de túneles cavados dentro del glaciar de Aletsch y que se llama Palacio de Hielo, antes de entubarnos en un ascensor que los llevará a velocidad luz a la cima, the Top of Europe, a 3545m de altura, donde, al abandonar el ascensor ultrasónico son primeramente cegados por una luz brillantísima que irradian las nieves y hielos (ya no eternos) de las tres cumbres alpinas Eiger, Mönch y Jungfrau, y el vastísimo glaciar de Aletsch que se pierde en la lejanía. Una aire helado y cortante golpea los rostros de la muchedumbre un tanto groggy y desquiciada que se amontona en el mirador. Las cámaras digitales hacen clic como enloquecidas. Un puñado de manganzones ingleses tira bolas de nieve contra las grajillas que a estas alturas despliegan sus proezas aéreas. Decenas de parejas recién casadas posan en todoas las formas imaginables para las fotos… Todo un circo sobre hielo.
Luego nuevamente las galerías y los restaurantes y las tiendas de souvenirs y ascensores y túneles…

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De bajada decidimos irnos un trecho a pie. Ni bien bajamos del trencito nos encontramos en un silencio total. Estábamos solos en este tremendo, magnífico paisaje alpino, mirando la legendaria Eiger Nordwand desde el mismo punto desde el que en el verano de 1936 una muchedumbre de mirones, periodistas y fanáticos habían seguido la ascensión de Toni Kurz y Andreas Hinterstoisser que terminaría en una auténtica pesadilla. La temible pared estaba justo siendo envuelta en neblina, igual que en la escena esa hacia el final de la película que habíamos visto la noche anterior.

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El pueblo en el que viven mis padres es un pueblo como los hay tantísimos en Suiza, con su plaza y fuente, su iglesia y cementerio, su boutique y su drogería y su panadería y su Migros y Coop y oficina de correo y estación de tren y sus ex almacenes y sus ex establos y ex casas de granja y alguna que otra fábrica o pequeña industria, sus Gasthöfe, es decir, restaurantes que preferentemente lucen nombres como Ochsen o Löwen o Bären o Hirschen, o sea preferentemente nombres de animales típicos de Suiza, como el león, por ejemplo, jajaja. A lo que iba es que el pueblo en el que viven mis padres es aún reconocible como pueblo. Conserva un sólido centro histórico y tradicional, donde transitan muy pocos carros y menos gente aún por las callejas empedradas en las que resuenan las pisadas y que se abren camino entre las casas antiguas, de gruesos muros y enormes techos con tejas y fachadas decoradas – a menudo con inscripciones medievales – y también un pequeño río que atraviesa los huertos y jardines que en esta época -junio- propiamente rebosan, como queriendo salirse de sí mismos despidiendo la fragancia de mil flores que va adherida a la estridencia de los insectos, etc.

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Por otra parte el pueblo se está paulatinamente ensanchando desde el fondo del valle hacia las afueras. Por las faldas de las colinas oh tan verdes y coronadas de bien cuidados bosques van trepando las casitas mediocres de los nuevos pueblerinos, venidos en su mayoría, me imagino, de la ciudad. Las casitas lucen todo el mismo look. Sus jardines parecen salidos de una revista tipo HOME&LAWN, y cuentan con todos los detalles que sus habitantes creen que los distinguen de los demás. (Y sí, los suizos también tienen su huachafería, para mi enorme placer). Y más allá, y sobre todo, el pueblo crece y se prolonga a los lados de las dos carreteras que lo atraviesan y unen con la ciudad y por ende con el último rincón de la Confederación Helvética. Por lo pronto, van desapareciendo los campos de cultivo que permanecen entre uno y otro pueblo y apareciendo tiendas de autos, grifos, edificios de oficinas y cosas así. Poco a poco, los pueblos se van fusionando en una sola zona urbanizada.

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Zürich ha dejado de ser la ciudad provinciana y cucufata que fue cuando viví aquí entre 1979 y 1989 (con largos intermedios nomádicos de por medio, pues nunca he podido vivir en Suiza más de tres años seguidos sin querer suicidarme). En aquel entonces la ciudad – centro bancario y plaza mercantil de drogas – estaba atrapada en un círculo vicioso de éxodo urbano, disturbios juveniles y una falta total de perspectiva política. Hoy, 20 años después, es una de las metrópolis más atractivas e innovadoras de Europa, aunque esto no basta para que quisiera volver a residir aquí, más que nada por el enorme costo de vida que requiere que uno se mate trabajando, al menos desde mi punto de vista de falsa suiza adoradora del ocio.
Sea como fuere, Zürich – y Suiza en general – me parece ahora, recién llegada de la indecible e inconmensurable Lima, muy exótico y nada me hace más feliz que recorrer, cámara en ristre, las calles de esta ciudad, y de pueblos, campos, cerros, ríos y lagos. Esta es la primera entrega de una serie que espero proseguir, sino durante mi estadía en la Conferderación Helvética, a mi regreso a Lima, ya plenamente recuperada del choque cultural que aún me tiene aturdida.

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